bella

239.- ¡Qué Festín! (casting nº1)

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 Este fin de semana todos los músicos celebramos santa cecilia, cada uno a su manera. ¿Nosotros? Tocando y bailando. Y bebiendo y bailando, claro. No sé como salió el tema de esta canción pero desde el principio lo vimos claro: sería una de las canciones del casting del musical. Todos aquellos que se quieran presentar deberán hacer la prueba con alguna de las 5 canciones que próximamente se seleccionarán “interpretándolas” con todo el sentimiento del mundo mundial. ¿Alguien se anima a ponerle el acento “fgransés” a la voz a Lumiére? Prueben a hacerlo delante del espejo…

(video para ensayar)

Ma chère, mademoiselle, es una gran satisfacción y un inmenso placer recibirla aquí esta noche. Y ahora le invitamos a que tome asiento y se ponga cómoda porque el salón-comedor tiene el orgullo de presentar… su cena.

¡Qué festín, qué festín! Un banquete de postín
Ahí está la servilleta, da comienzo ya el trajín.
Soupe d’oignon, canapés, especialité del chef.
Pruebe el hígado de pato y la envidiarán los platos.
El ballet, para usted: esto es Francia, Mademoiselle
y cualquiera que se precie es bailarín
Es un menú de estreno, ¡a disfrutar lo bueno!
Del festín, gran festín del postín.

Hay ragú, hay soufflé y una tarta bien flambée.
Y también las atracciones de un lujoso cabaret
Deje ya de temblar que el banquete va a empezar;
nunca hay quejas, nunca hay penas si hay cubiertos en escena.
Y es que aquí cada cual tiene un truco muy genial,
unos cantan y otros tocan el violín
Con todos a brindar y empiece a disfrutar
Del gran festín, ah por fin, ven conmigo al gran festín.
¡Qué festín, qué festín, qué festín!

Triste y deprimente es la vida de un sirviente si no tiene a un solo ser a quién servir. Ah, los viejos tiempos laboriosos uno no podía ni dormir. Plumeros y paños bajo el polvo de diez años sin poder gozar de nuestra profesión, soñando en esos tiempos que añoramos, solos y amargados, pero al fin usted ha llegado.

¡Ya está aquí, ya está aquí! ¡Qué alegría para mí!
Le planché la servilleta y hasta el vino le elegí.
Un pastel con el té, sí, querida, ya lo sé
mientras bailan estas tazas yo preparo el té con pastas.
Al hervir, qué calor, ¿una mancha? No, qué horror.
Perfección es nuestro lema hasta en Latín
Cuánto quehacer, señor, ¿pongo un terrón o dos?
¿Le gusta así? Qué festín. De postín. Qué Festín.

¡Qué festín, qué festín! Complacerla es nuestro fin.
En diez años no tuvimos comensales y ahora sí.
Esta cena será algo bueno de tomar:
entre velas y caviares serviremos mil manjares
Con el té gritará: “¡Basta ya! Voy a explotar!”
Cantaremos una nana como fin.
Y dormirá cien horas pero ahora coma
¡Qué festín, qué festín, qué festín!
¡Qué gran festín!

164.- Princesas Caídas (3 de 7)

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bella durmiente

Basado en las fotografías “Fallen Princesses” de Dina Goldstein

Todo el mundo que vivía en la residencia de ancianos conocía la historia; ella se había pinchado el dedo mientras hilaba con una rueca a la que habían echado una maldición. Y todo el mundo de la residencia sabía que jamás se despertaría. Todos menos él. Sí, la historia del príncipe y el beso era cierta, y ella se despertó del sueño eterno, le abrazó… al poco cayó desplomada de nuevo en los brazos de su hombre.

Y hasta el día de hoy. Seguía manteniendo el cuerpo y rostro de la joven princesa, conservaba la juventud como si el tiempo se hubiera detenido en su vida pero no en la del resto. Hoy su príncipe azul sería su abuelo, un hombre pegado a una cama con la esperanza de que algún día la Bella Durmiente abriera de nuevos sus ojos azules. “Te quiero” le diría mirádola antes de que ella pudiera articular palabra. Muchas veces se lamentaba de no haberse pinchado él también con la maldita rueca, de esa forma dormirían juntos, abrazados, el sueño más largo y plácido de sus vidas.

162.- Princesas Caídas (1 de 7)

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bella

Basado en las fotografías “Fallen Princesses” de Dina Goldstein

El paso del tiempo había dibujado en su rostro las arrugas propias de las mujeres de su edad. Signos de madurez, experiencia y para muchos hombres de elegancia, para ella habían supuesto un auténtico trauma. Bella, la mujer que había pasado por alto el físico de su príncipe hechizado, la que había cantado a la bestia aquello de que la belleza estaba en el interior, había descubierto el secreto de la eterna juventud.

Primero fueron los pechos, luego sus labios, párpados, mentón y barbilla. Más tarde descubrió el botox y llenó de minúsculos pinchazos frente, ojos y comisura de la boca. La joven Bella perdía la naturalidad y frescura con la qué conquistaba corazones y se convertía, por medio de la cirugía estética, en la bestia deformada a la que había amado. Su príncipe no pudo entender como ella había traicionado de aquella forma sus principios y terminó por abandonarla.