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169.- Cocina para Impostores.

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Acabo de descubrir gracias a EL PAÍS el blog de Falsarius Chef, un cocinero que basa sus recetas en botes y latas de comida. Eso sí, apañadito todo para que nadie note que es “de bote” y se piensen que has estado tres horas cocinando, para ello existe la norma principal: hay que esconder muy bien, al fondo de la bolsa de basura, los envases que usemos.

Para comer bien no hace falta mucho tiempo, ni productos caros, ni saber cocinar. Ni siquiera nitrógeno líquido, aunque pueda parecer mentira. Y no sólo se puede comer bien sino que, además, se puede quedar como un príncipe ante las visitas, recurriendo a algo tan sencillo como la impostura. Engañar, eso es lo que aquí pretendemos. Engañar a la vista, al olfato, al gusto y hasta al bolsillo. Pura farsa, aunque esta vez por la noble causa de la gastronomía y el cuidado de nuestro ego.

Todas las entradas van precedidas por un comentario con el que no puedo más estar de acuerdo, se van a convertir en mi biblia. Lo dicho, si alguien cree que me he portado muy bien y merezco un regalo: “Cocina para Impostores”, volúmenes uno y dos. Podéis ver su BLOG y deleitaros en internet pues colabora con Cadena SER, Buenafuente y demás.

El consumo excesivo de ensalada constipa el ánimo, contrae las gónadas y a decir de los expertos provoca astenia espiritual. La típica de lechuga, vamos. Otra cuestión es que ya llamemos ensalada a cualquier cosa. Ensalada de callos y morrillos de ternera, con guarnición de muslitos de pato, por ejemplo. Eso ya es diferente. Pero lo que es la ensalada en sí, la de lechugas y forrajes varios, es un coñazo que se inventó para entretenernos picando hierba mientras llega el arroz o el lechazo.

Un matahambre pensado por algún antiguo cocinero astuto que no sabía qué hacer con las malas hierbas del jardín de su casa, les puso nombres molones (rúcula, brotes de primavera, canónigo y cosas así) y se dedicó a venderles a sus clientes las plantas que no querían comer ni las cabras. Y como suele suceder con las cosas absurdas (mírese si no el éxito de la corbata) la cosa cuajó. Cuajó y fue a más, dándose el curioso caso de que puede uno tranquilamente ir a un restaurante a comer y salir con más hambre de con la que entró.