caliente

390.- El Tejado de Zinc Caliente.

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Hoy ha muerto una de las actrices que más me gustan: Elizabeth Taylor, la diva de los ojos violeta. Una de las pocas grandes que quedan de ese Hollywood dorado que estuvieron en lo más alto. Y a veces en lo más bajo.

El título de la obra de teatro y posteriormente de la película era “La Gata sobre el Tejado de Zinc Caliente”. La censura franquista eliminó esta última palabra; ellos pensaban que caliente estaba la gata cuando en realidad era el metal. Por eso Liz Taylor saltaba, gritaba y se retorcía de esa manera. ¿Cómo no lo iba a hacer?

Ella, la gata, es una mujer ardiente, sensual y sexual a partes iguales deseosa de quedarse embarazada de un hombre que la excita con su sola presencia. O mejor dicho, la excitaba por Paul Newman ha perdido a un “muy buen amigo” y se ha dado a una fase de autodestrucción en la que el alcohol es su única compañía. Su mujer le repugna, se culpa de todo lo ocurrido y se niega a “tocar” a su mujer.

Y ahí es donde la censura no pudo recortar mucho. Ahí es donde uno, por mucho que trataran de maquillar, se da cuenta de la verdadera relación entre el matrimonio y de los auténticos demonios de la relación. Ella le dice que se siente como una gata sobre un tejado de zinc calentado por el sol. El no puede más que responder que haga pues como los gatos, que salte de un tejado a otro.

No es cuestión de destripar la película, no se trata de eso. Aunque si realmente quieren disfrutar de la historia vean (o lean) la obra de teatro. Ahí se llaman a las cosas por su nombre.

 

189.- Nos Regalamos.

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calor

Nos derretimos, que dicen en el resto del mundo. Los termómetros suben hasta el infinito (y más allá). El asfalto de las calles es lo más parecido a un sartén gigantesco en el que nos freimos vuelta y vuelta como filetillos de lomo. Mi habitación parece un horno crematorio y así no hay quién viva. Sudar, sudar… Y a veces no es tan erótico como parece. Al menos yo consigo dormir; a marmotilla no me gana nadie, ni el jodido calor.

Y la gente en este momento piensa en piscinas, playas, mojitos repletos de hielo… Yo no. No soy normal. Sólo pienso en los peones del ayuntamiento podando los árboles, en días grises, en abrigos, gabardinas, bufandas… En coleccionables interminables, peonzas, canicas y “guas” excavados en la arena. Y si me apuras… hasta en una taza de chocolate. El fín del mundo pasará otra vez más.