cuernos

364.- Cuernos.

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Jamás un buen par de cuernos dieron tanto juego.

Mi competencia era más alto, más guapo y tenía trescientos músculos más que yo. Llevaba una camiseta una talla menor a la que le correspondía con la que pretendía resaltar aún más su trabajada masa muscular. El pobre no bailaba porque no sabía bailar. Sólo levantaba un poquito los brazos doblando el codo, haciendo que la concurrencia temiera por su vida si aquellos enormes bíceps reventaban. De vez en cuando, y en auténticos ataques de narcisismo, se acariciaba su propio pecho como diciendo “todo esto es mío”.

Yo sólo tenía unos cuernos de reno en la cabeza pero puedo asegurar que gustaban y atraían más la atención que el “berreo” del macho alfa de la camada. Es lo que hay.

349.- Semáforo en Rojo.

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Creo en pocas cosas, pero sí en las casualidades: estar en un lugar en concreto, en un momento concreto puede hacer que cambie tu vida sin ni siquiera pensarlo o quererlo. Para mí la vida es una consecución de casualidades. Da igual lo que yo haga, lo que la otra persona desee o lo que un tercer implicado quiera; da igual. Hay algo mucho más fuerte que todo eso y que no podemos (menos mal) controlar.
 

 Lo conducía un tío mayor que yo, y su copiloto era ella. Me mira, sorprendida. Yo hice lo mismo. Seguro que había pensado que nuestros caminos jamás se habría de volver a cruzar, pero… Una tibia elevación de cejas en señal de saludo que ella pronto captó. Sonrisas cómplices. De esas sonrisas que expresan más miedo que alegría.

Su conductor hablaba algo. Yo miro al semáforo. Dejo de mirar a la chica del coche de al lado. Miento. Vuelvo a mirar, pero esta vez al conductor. Vale, ya le conozco. Para mí es más fácil cuando les pongo cara a ellos, sus maridos. Sigo mirando al semáforo rojo y esperando como quién espera por placer. Nuestras miradas no vuelven a cruzarse. Mi semáforo cambia a verde y continúo mi ruta.

Imposible saber qué ha ocurrido en ese coche en esos apenas 15 segundos. Seguro de lo que ella ha sentido, sus ojos dicen más de lo que le gustaría que dijeran.

Hoy cuando volvía de trabajar me detuve en un semáforo en rojo. Cuando voy camino al trabajo odio tener que pararme, pero cuando vuelves a casa todo es distinto, no hay prisa, nadie me espera. En el carril de mi izquierda, en el mismo sentido que yo, un coche oscuro. “¿Te has fijado en el tipo del coche de al lado?” dice un anuncio de la televisión.

267.- El Graduado y La Mujer Desesperada.

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Me encanta la serie de las marujas americanas. Tienen (o intentan tener) una vida perfecta, limpia y ordenada en la que lo más importante es lo que ocurre de puertas para afuera dando igual lo que pase dentro, en el propio hogar. La imagen pública por encima de todo, siendo lo que se aparenta mucho más importante que lo que se es.

Pero si hay algo que realmente me gusta es descubrir a más de una mujer desesperada, sin cadáveres escondidos bajo la piscina del jardín pero con terribles secretos que ocultar. No puedo reprimirme una sonrisa al leer que han descubierto a la esposa del primer ministro de Irlanda del Norte, la señora Robinson con las manos en la masa. La realidad supera la ficción, en este caso de la película “El Graduado”.

Ella tan pura, tan ordenada, tan católica, tan conservadora… resulta ser una puta más, señora, como usted y como yo. Y así se le ha pillado una relación extramatrimonial (adulterio!!! excomunión!!!) con un jovenzuelo 39 años menor. Al chico se le murió el padre, un amigo de la susodicha, y ella le consoló, le ayudó con sus influencias a que montara un negocio y acabó montándoselo a él. Mira nena, fóllate a quien quieras, pero sé consecuente.

Ahora el chavalín va a salir en una portada de una revista para gays de los que la adúltera echaba por su pecadora boca sapos y culebras: “No puedo pensar en nada más nauseabundo que el abuso de menores, es comparable al acto de la homosexualidad”. Que se joda, por hipócrita.