estatua

332.- Cruce de Caminos.

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Donde se Cruza el Camino del Viento con el de las Estrellas.

132.- La Cita y la Estatua

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Esta entrada la escribí en mi antiguo blog hace exáctamente un año, a finales de mayo. Hoy me he acordado de ella y de todo lo que supuso, y me gusta publicarla de nuevo. Ahí va, en dos partes.

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Siempre he creído en la suerte. Bueno, más que en la suerte en el azar: en estar en el momento adecuado, en el lugar adecuado y elegir la opción adecuada. De hecho, así empecé por ejemplo a trabajar en el centro de salud de iturrama (me ofrecieron mi primer contrato a las 4 de la madrugada en fiestas de san adrián) o en urgencias (nunca, nunca, nunca me llevaba el móvil a enseyar, excepto esa mañana). Y así podría decir más.

Pero claro, a la suerte (decían unos que se habían forrado con un libro de autoayuda) había que buscarla y nunca despreciarla; ejemplo, no recoger una monedita de 2 céntimos del suelo era un signo de no “necesitar” ningún tipo de “fortuna”, así que uno, por si acaso, siempre las ha tratado como a pequeños polluelos decarriados y siempre las llevaba consigo hasta que ellas solas abandonaban el nido (dícese bolsillo de la chaqueta, cartera…) Por si acaso.

Pero nunca me puedo quejar; el por si acaso me funciona. Ahora bien, hay situaciones en los que más el azar, creo en la probabilidad. Una de ellas es la lotería. ¿Cómo puede ser que te toque? (Vale, este año le ha tocado El Gordo a una conocida). Pero, ¡es que de entre más de 65.000 bolas solo le va a tocar a una! Pero uno va y compra un décimo. Sabes al 99% de probabilidades que no le va a tocar (la probabilidad real de que te toque es de 0’0015%, ahí es nada). Pero compra el décimo porque tiene ilusión, y aunque suene a tonto “de ilusión también se vive”.

 

Plaza_Castillo_Pamplona-1 

Bueno, todo esto es para centrar un poco lo que me ha pasado hoy: Había quedado con una persona. Una persona que había conocido y que decidimos volver a vernos; a la vieja usanza, sin teléfono móvil ni nada por el estilo. Sólo el dónde y el cuándo de la cita lo sabríamos nosotros. Si yo llegaba tarde no habría modo de avisarle, si la otra persona cambiaba de planes no habría modo de aplazarla. (Hace 15 años -y menos- cuando no había móviles, la gente debía quedar así). Sabía al 99% de probabilidadesque no me iba a tocar la lotería, que no acudiría. Pero para saberlo, tenía que estar ahí. ¿Y si viene? Es más, ¿y si viene y yo no he ido? Y llegué. Alrededor de la estatua había gente paseando, con sus niños, abuelos charlando… Pero ni rastro de mi cita. Llegué y esperé. ¿Cuánto se tiene que esperar? ¿Cuánto esperaría? Pronto se acerca una chica joven a la misma estatua que yo rondaba. Mira a un lado, mira a otro. Me sonríe. Yo no soy al que espera. Saca el móvil y trata de marcar un número. (Esta chica no tiene paciencia!!! Si acaban de dar las 7!!!) Llega un chico y la agarra por la espalda. Es él. Yo sigo esperando. Miro las caras de la gente que cruza la plaza, apenas recuerdo la suya. Sólo su voz, sólo su acento, su sonrisa, su risa. Podría reconocer su risa aunque pasara un año completo, con sus días y sus noches. Y sigo esperando. No desespero. Si viene bien, y si no… salud!! que es lo que suelen decir tras la lotería. Empiezo a elucubrar sobre por qué no habrá aparecido: ¿se habrá acordado? ¿no habrá querido? ¿no habrá podido? Sea cuál fuera la excusa no había forma de avisarme. El sol se va metiendo y su luz naranja ya no ilumina la plaza, se arrincona en unas pocas fachadas. La estatua parece mirarme y mandarme a casa “ya has esperado bastante”. Quizá sea ella quién le vea esperar luego, o mañana, o nunca lo vea. Quizá luego vaya esperando que yo esté esperando. Quizá. Me fijo en que alguien se ha olvidado algo sobre los pies de la estatua. Lo cojo. Lo guardo. Es un amuleto. ¿A la suerte no había que buscarla? Saco un rotulador de mi bolso y con el permiso de Carlos III escribo en el granito de su peana: “Te esperé”.

 Hechos reales edulcorados un poquito

(A Dani, por leerme. Ves, yo ligué, pero ahí se quedó todo)