guerra

358.- Qué Asco.

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“¡Qué asco!”. Eso es lo que no paraba de repetir mi amiga Jennifer mientras Paul nos enseñaba subidas en su super cochazo cómo había quedado la ciudad después de los bombardeos. Yo siempre he querido tener un coche así, de ese mismo rojo y con esa misma tapicería de cuero tan estupenda. Quizá se lo pida a papá para reyes.

Sandy no paraba de sacar fotos con su móvil 3G. “Qué fuerte tías, las amigas de la uni no se lo van a creer; ¿cómo pueden vivir así?”. Yo también me lo pregunté. Y Paul. Y Susan. Tuvimos que suspender pronto el tour por las ruinas de la ciudad porque Jennifer empezó a marearse y no queríamos que vomitara. No hay nada peor que ver a una chica vomitando, y como a ella le gusta Paul, pues hubiera sido horrible. La verdad es que no sé cómo aguantamos, porque el olor era insoportable. Además, nos pusimos perdidas de polvo. Después de ahí nos volvimos para el hotel. Beirut tiene unos hoteles preciosos.

Fotografía de Spencer Platt – Premio World Press Photo 2006

Texto rescatado del anterior blog, Febrero 2007

303.- Cuento sin Final Feliz. Aún.

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Érase una vez un país que vivía en democracia, algo que los propios ciudadanos habían elegido en las urnas. Un día, unos a los que no les gustaba que todo el mundo viviera en igualdad de derechos y libertades decidieron levantar sus fusiles para hacerse oir. Pronto la gente se quedó en uno de los dos bandos y se produjo una terrible guerra entre ellos. Los que se habían sublebado ganaron y su cabecilla ocupó el cargo de jefe del país.

Los derechos se redujeron, las libertades también. Los ganadores ganaron mucho, y los perdedores lo perdieron todo. Todo y más. El miedo, el terror, las desapariciones, secuestros y asesinatos se sucedieron durante muchos años, pero nadie podía decir nada porque la ley del silencio marcaba el día a día.

Pero un día el dictador murió, y los vecinos del país vislumbraron una pequeña costura por la que romper el corsé que les oprimía. La luz, el color, los derechos, el progreso, la libertad… Querían recuperar el tiempo perdido, y eso pasaba por mirar hacia adelante, tratando de olvidar a marchas forzadas aquellos 40 años de oscuridad.

Pero los desaparecidos siguieron estándolo, los cadáveres siguieron enterrados en las cunetas de las carreteras, las familias continuaron sin saber qué había sido de su gente y los asesinos de su propios vecinos quedaron impunes, sin mancha alguna en sus vidas.

Una historia sin final feliz para muchos. Pero en algún momento habría que saldar esa cuenta pendiente, ¿no?.

25.- Tengo “el corazón helado”

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el corazón helado

Españolito que vienes al mundo te guarde Dios,

una de las dos Españas ha de helarte el corazón.

(Antonio Machado)

Hace varios días que esta novela me ha helado el corazón. Me ha hecho emocionarme, llorar de alegría, llora de ilusión, de rabia y dolor. Casi mil páginas de memoria histórica, en donde reconstruye la historia sentimental de dos familias opuestas ideológicamente, que vivieron de distinta forma la Guerra Civil, el exilio, el franquismo o la transición. Una historia relatada desde el presente por los nietos; la tercera generación, que es la primera, que se atreve a preguntar.

La historia parte de un entierro familiar en febrero de 2005, en el que Álvaro, hijo del fallecido, se sorprende de la presencia en el sepelio de una mujer joven desconocida. Esta mujer era la amante de su padre. Esta mujer es Raquel Fernández Perea, hija y nieta de exiliados en Francia y lo sabe todo sobre la vida de sus padres y abuelos.

Llevo más de 300 págias pero el nudo en la garganta y los recuerdos de mis abuelos y bisabuelos me han hecho lanzarme a escribir. Cuando la termine prometo escribir más. No quiero que se acabe. No quiero que se repita.