hechizo

166.- Princesas Caídas (4 de 7)

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blancanieves

Basado en las fotografías “Fallen Princesses” de Dina Goldstein

La vida en la casa de los siete enanitos era una auténtica tortura: barrer, planchar, hacer las siete camas, preparar sus comidas… Los abrazos de mudito eran de lo poco que la recompensaba, pero en el otro lado de la moneda estaban las continuas broncas con gruñón. Por eso cuando llegó su príncipe azul a lomos del caballo blanco y le besó creyó ser la mujer más feliz del mundo. Pero sólo era eso, lo que ella creía; su hombre le prometió jardines y castillos, fiestas y bailes hasta el amanecer, preciosos vestidos, grandes mesas llenas de comida…

La realidad no fue tan bonita como se la habían pintado. Blancanieves tenía que trabajar en un almacén y además cargar en sus espaldas todo el peso de la casa, cuidar de los cuatro niños, sacar a pasear al perro… Tenía la sensación de que por más que se empeñara en limpiar y ordenar todo, a los 5 minutos toda la casa volvería a estar revuelta. Mientras, su príncipe azul bebía cerveza y veía en la televisión cualquier partido de futbol que dieran. Y en ese momento nada ni nadie debían molestarle.

Jamás Blancanieves pensó que tendría que volver al bosque, buscar a la malvada bruja y sobornarle para que le diera otra manzana envenenada como la que hizo que ella cayera dormida. Pero esta vez sería él quién lo haría y ninguna princesa a caballo vendría para despertarle; mejor sola que mal acompañada.

164.- Princesas Caídas (3 de 7)

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bella durmiente

Basado en las fotografías “Fallen Princesses” de Dina Goldstein

Todo el mundo que vivía en la residencia de ancianos conocía la historia; ella se había pinchado el dedo mientras hilaba con una rueca a la que habían echado una maldición. Y todo el mundo de la residencia sabía que jamás se despertaría. Todos menos él. Sí, la historia del príncipe y el beso era cierta, y ella se despertó del sueño eterno, le abrazó… al poco cayó desplomada de nuevo en los brazos de su hombre.

Y hasta el día de hoy. Seguía manteniendo el cuerpo y rostro de la joven princesa, conservaba la juventud como si el tiempo se hubiera detenido en su vida pero no en la del resto. Hoy su príncipe azul sería su abuelo, un hombre pegado a una cama con la esperanza de que algún día la Bella Durmiente abriera de nuevos sus ojos azules. “Te quiero” le diría mirádola antes de que ella pudiera articular palabra. Muchas veces se lamentaba de no haberse pinchado él también con la maldita rueca, de esa forma dormirían juntos, abrazados, el sueño más largo y plácido de sus vidas.