micro

398.- Rojo y Blanco.

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No hubo suerte, había microrrelatos muy buenos. El único requisito que se pedía era que tuvieran como tema los sanfermines y un límite de 204 palabras, como 204 horas duran las fiestas.

Pamplona ya empieza a oler a San Fermín: los maderos del vallado, guiris, melodías de txarangas… Hay un “no sé qué” siempre después de haber subido el último peldaño de la escalera: 5 de mayo, 6 de junio… Si alguien quiere alimentar ese gusanillo prefiestas que pase a ver la exposición fotográfica del encierro en los años 60 en el Condestable.

— “Rojo y Blanco” —

“¿Esta es la Plaza? Pero si en la televisión se ve mucho más grande…”. Era el típico comentario de todo aquel que se dejaba guiar por las calles de Pamplona con sus historias. Le gustaba hacer la ruta desde los corralillos del gas porque sabía que con ese otro encierro, el desconocido, se metía al público en el bolsillo.

Seguía con el madrugador ritual de los cánticos de los mozos a San Fermín. Los nervios a flor de piel, las ocho, el cohete, los astados subiendo por la cuesta de Santo Domingo… El corazón de quienes le escuchaban se aceleraba. Era tal la emoción y pasión que ponía en su relato que era capaz de transmitir esa mezcla de arte y peligro que era el encierro; esos pocos pero a veces eternos minutos que encogían el corazón de tanta gente.

Les explicaba cómo literalmente la fiesta estallaba con el chupinazo. Les hablaba de las peñas saliendo de la plaza tras la corrida, las caras de ilusión de los niños con los gigantes, las dianas, los fuegos… Bastaba con dejarse llevar de su mano para descubrir en esa Pamplona del día a día las 204 horas que teñían de rojo y blanco la ciudad.

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393.- Micro-Enamoramientos.

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Suele ocurrirle todos los años por estas fechas. No sabe si son los primeros rayos de sol de la primavera o esa brisa suave que anima a echarse a pasear por la calle. O quizás es el aroma de todos esos árboles y plantas que comienzan a florecer y que nos embriaga igual que a las mariposas, abejas y restos de insectos.

Comienza a sentir un cosquilleo en el estómago, una sonrisa cálida y tierna se apodera de su rostro y es entonces cuando Paula sabe que está enamorada aunque ella no lo quiera llamar así. Ha querido, ha amado, se ha entregado. Pero también ha sufrido, ha llorado. Ha tirado tantas veces su castillo de arena y ha vuelto a empezarlo de nuevo tantas veces que está segura de que nunca será la última.

Y como quien cruza un puente inestable sobre un precipicio se lanza a la aventura. Amor sí, pero con pies de plomo. Ella prefiere llamarlo “micro” enamoramiento aunque sigua siendo lo mismo pero con otro nombre. A ella le funciona. El resto… no importa.