nube

342.- Al Otro Lado…

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…de la Nube Negra. Allí era dónde Sabina pedía que le esperaran: donde no quedan mercaderes que venden soledades de ginebra, al otro lado de los apagones, al otro lado de la luna en quiebra, allí donde se escriben las canciones con humo blanco de la nube negra.

La primera regla para salir del agujero es trepar, aunque te pese el culo y te dejes las uñas escarvando en la arena. Trepar, remar, luchar… da lo mismo. Paralizarse y lamentarse no sirve de nada. Sí, lo hiciste mal. Sí, pudiste hacerlo mucho mejor pero… ¿Y ahora? ¿Qué vas a hacer ahora? Todos queremos lo mismo de esta vida, ser felices. Pero no nos engañemos, nadie va a ser felíz por tí; si no lo eres es porque no estás dispuesto a luchar por ello.

Si algo me gusta de las nubes negras además de que anuncian una tormenta es que confirman que, al otro lado, el sol brilla aunque no podamos verlo. Por eso son tan negras, por la sombra que crea en ellas el sol. Uno, que está empezando a saber demasiado de nubes, anticiclones y borrascas pasajeras. Sólo me falta que un huracán (o en su defecto mi amada espiral de auto-destrucción) haga volar mi casa por los aires y la deposite en Oz.

Esto me recuerda que no tengo zapatillas rojas que me devuelvan a Kansas. ¿Alguien me presta unas?

(Por cierto, mi nube negra deja pasar algún rayito de sol: tengo trabajo)

338.- Pamplona Hermanada con Mordor.

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Deberíamos estar ya acostumbrados a esto: en el norte no hay verano. Se pasa de mayo a octubre casi sin darse uno cuenta. Un día “bueno y tres malos, es así. Jamás se me ocurriría montar una heladería o una tienda de sandalias en esta ciudad.

Pero como decía deberíamos estar ya acostumbrados a que Pamplona parezca la tierra de la Tinieblas de Mordor: lluvia, nubarrones negros, ráfagas de frío… Tiempo que a mí, he de confesarlo aunque me lleve alguna colleja… me encanta. Es lo que tiene ser un poco orco. Eso sí, de vez en cuando, y a poder ser no durante los meses en los que el resto de la humanidad carga energía con el sol y se pone morenito.

Pero notar ese viento frío que te revuelve por dentro es como si me hiciera un centrifugado en la lavadora. ¿Qué mejor forma de limpiar tus chacras que un buen chorro de aire? Y ese cielo negro sólo nos puede decir una cosa: que más arriba, allá al otro lado, el cielo es azul y brilla el sol, y sólo los pilotos de avión y azafatas pueden disfrutarlo. Afortunados.

Todo depende del color del cristal con que se mira.