principe

166.- Princesas Caídas (4 de 7)

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blancanieves

Basado en las fotografías “Fallen Princesses” de Dina Goldstein

La vida en la casa de los siete enanitos era una auténtica tortura: barrer, planchar, hacer las siete camas, preparar sus comidas… Los abrazos de mudito eran de lo poco que la recompensaba, pero en el otro lado de la moneda estaban las continuas broncas con gruñón. Por eso cuando llegó su príncipe azul a lomos del caballo blanco y le besó creyó ser la mujer más feliz del mundo. Pero sólo era eso, lo que ella creía; su hombre le prometió jardines y castillos, fiestas y bailes hasta el amanecer, preciosos vestidos, grandes mesas llenas de comida…

La realidad no fue tan bonita como se la habían pintado. Blancanieves tenía que trabajar en un almacén y además cargar en sus espaldas todo el peso de la casa, cuidar de los cuatro niños, sacar a pasear al perro… Tenía la sensación de que por más que se empeñara en limpiar y ordenar todo, a los 5 minutos toda la casa volvería a estar revuelta. Mientras, su príncipe azul bebía cerveza y veía en la televisión cualquier partido de futbol que dieran. Y en ese momento nada ni nadie debían molestarle.

Jamás Blancanieves pensó que tendría que volver al bosque, buscar a la malvada bruja y sobornarle para que le diera otra manzana envenenada como la que hizo que ella cayera dormida. Pero esta vez sería él quién lo haría y ninguna princesa a caballo vendría para despertarle; mejor sola que mal acompañada.

40.- Princesas, ranas y celestinas (1)

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rana

La culpa era de nuestra amiga Clara, actriz de teatro con dotes y afición de Celestina, que nos había metido en la embolada de conocernos.

A mí me la vendió como una amiga que nunca había tenido suerte con los chicos, un poco tímida y en una edad algo dicífil, los casicuarenta. Me imagino que a mí me habría ofertado como el buenazo divorciado cornudo que era, con cuarenta y pocos y muchas ganas de rehacer mi vida.

Ella trabajaba en un centro cultural, yo en las oficinas de una multinacional. Ella se moría por el chocolate con churros, y yo por pasear por la sierra los domingos con el perro. Ella estaba dejando de creer en las ranas que escondían príncipes azules, y yo empezaba a buscar a mi princesa. Y entre los dos algo en común, además de a Clara, nuestra pasión por el cine clásico.

Clara, la chica pelirroja que había sido compañera de pupitre en el instituto, fue la que decidió que estábamos hechos el uno para la otra, y comenzó a tejer, más al estilo de una araña que al de Cupido, la red en la que el escarabajo cornudo (es decir, yo) y la frágil mariposa (es decir, ella) caeríamos atrapados para bien y para mal.