relato

398.- Rojo y Blanco.

Posted on Actualizado enn

No hubo suerte, había microrrelatos muy buenos. El único requisito que se pedía era que tuvieran como tema los sanfermines y un límite de 204 palabras, como 204 horas duran las fiestas.

Pamplona ya empieza a oler a San Fermín: los maderos del vallado, guiris, melodías de txarangas… Hay un “no sé qué” siempre después de haber subido el último peldaño de la escalera: 5 de mayo, 6 de junio… Si alguien quiere alimentar ese gusanillo prefiestas que pase a ver la exposición fotográfica del encierro en los años 60 en el Condestable.

— “Rojo y Blanco” —

“¿Esta es la Plaza? Pero si en la televisión se ve mucho más grande…”. Era el típico comentario de todo aquel que se dejaba guiar por las calles de Pamplona con sus historias. Le gustaba hacer la ruta desde los corralillos del gas porque sabía que con ese otro encierro, el desconocido, se metía al público en el bolsillo.

Seguía con el madrugador ritual de los cánticos de los mozos a San Fermín. Los nervios a flor de piel, las ocho, el cohete, los astados subiendo por la cuesta de Santo Domingo… El corazón de quienes le escuchaban se aceleraba. Era tal la emoción y pasión que ponía en su relato que era capaz de transmitir esa mezcla de arte y peligro que era el encierro; esos pocos pero a veces eternos minutos que encogían el corazón de tanta gente.

Les explicaba cómo literalmente la fiesta estallaba con el chupinazo. Les hablaba de las peñas saliendo de la plaza tras la corrida, las caras de ilusión de los niños con los gigantes, las dianas, los fuegos… Bastaba con dejarse llevar de su mano para descubrir en esa Pamplona del día a día las 204 horas que teñían de rojo y blanco la ciudad.

Anuncios

391.- No Me Acuerdo.

Posted on Actualizado enn

Los viernes, en el programa La Ventana de la Cadena Ser, Gemma Nierga y Juan José Millás juegan con los oyentes. Ellos proponen un comienzo de frase con el que deben escribir un micro-relato. Luego ellos leen una selección en antena. En cuanto escucho la frase que lanzan  no puedo por más que tratar de inventar una pequeña historia; concentrar toda la esencia en un minúsculo relato.

El principio debe ser “Me Acuerdo”. Semana tras semana la nostalgia se apodera de esos textos, tiñendo en sepia ese ratito de la tarde. Se acuerdan de cuando jugaban en el patio de la casa de su abuela, de cómo olía la cocina cuando su padre hacía pan en casa, del plumier que los Reyes Magos le regalaron tres años consecutivos…

Miles de recuerdos se cruzaron el mi cabeza. Pero… ¿y los no-recuerdos? ¿Cuándo se esfuman de nuestro subconsciente esos olores, imágenes, hitorias que un día tratas de buscar y ya no están? Esos, precisamente, son muchas veces más interesantes que los recuerdos. Así que decidí contradecir a los conductores del espacio y les envié el siguiente micro-relato:

<<No me acuerdo de cuál fue nuestro último beso. Y no sabes lo que me jode.>>

Nota Mental: Buscar en el Baúl de los Recuerdos.

361.- Beso de Despedida.

Posted on Actualizado enn

Se juraron que se escribirían. Que prometieron que se acordarían del otro de día y de noche, que se esperarían el tiempo que hiciera falta. Pero lo que no sabían entonces es que la próxima vez que juntaran sus cuerpos en un beso Tomás estaría acribillado a balazos. Entonces tampoco sabían que Felisa estaba embarazada y que aquello sería el principio de un largo y humillante calvario para ella. Pero por un instante soñaron que serían felices juntos.

– – – – – – – – – – – – – – – – – – – –

Emocionante el reportaje “LA MEMORIA DE LA TIERRA” de hoy de El País Semanal. En estos diez años se han exhumado 5.277 fusilados de la Guerra Civil en 231 fosas comunes. Los desaparecidos se cifran en 100.000 personas, gran parte (mal)enterradas en las cunetas.

211.- Cuentos a la Carta (1)

Posted on Actualizado enn

camino santiago

Era el final de su viaje, la Plaza del Obradoiro, pero Julián esperaba que fuera también el principio de algo más.

Hizo el Camino de Santigo como quien decide tomarse un tiempo para reflexionar. Sus amigos sin embargo lo achacaron a la crisis que todo hombre tiene pasados los 50: unos se habían hecho el deseado desde la juventud pendiente en la oreja, a otros les había dado por machacarse en el gimnasio… Y él decidió coger la bicicleta y dirigirse a la tierra de sus abuelos: Galicia.

Miró su reloj y calculó que ella tardaría aún un par de horas en llegar. La primera vez que la vió fue en Estella , sola, junto a su bicileta, haciendo un alto para descansar. Él solía madrugar y salir un poco antes del albergue. Pedaleaba tranquilo, disfrutando de las vistas del camino, y antes de darse cuenta se descubría pensando en ella: imaginando su nombre, de dónde venía, si estaba soltera o por qué viajaba también sola. La mayoría de las noches solían coincidir en las hospederías y las pocas veces que no lo hicieron Julián había retrasado su étapa un día con el fín de darle una ventaja que ella desconocía, adelantarle y volver a verla en unos encuentos cada vez menos casuales.

Ahora el viaje había llegado a su fín. Sabía que no era el joven apuesto que un día fue, pero también tenía claro que a sus cincuenta y cinco años tenía mucho cariño que dar todavía. Cuando ella entrara en la plaza, absorta por la grandeza del lugar, aprovecharía para acercársele y decirle un tímido: Hola.

Marta: “Señor 55 años soltero” – “Galicia” – “Camino”

206.- Cuentos a la Carta (intro)

Posted on Actualizado enn

cuentos

Siempre me ha gustado escribir aunque llevo mucho tiempo en el que, lejos del blog, escribo más bien poco. Me refiero a sentarse, coger un lapicero, unos folios en blanco y… dejarse llevar. Siempre me ha gustado inventarles historia a imágenes que veía, a personas a las que no conocía de nada, un pasado, un futuro, un por qué…

Para dar un empujón a todas esas historias pendientes de ser contadas se crea este espacio “Cuentos a la Carta” donde el lector puede pedir uno para él, el único requisito es depositor tres cosas, tres ingredientes con los que empezar a amasar y cocer el relato. Por ejemplo: “Acantilado”, “Piano de cola”  y “Señora alemana”.

¿Alguien se anima? Podemos preparar un… Buen Menú.

132.- La Cita y la Estatua

Posted on Actualizado enn

Esta entrada la escribí en mi antiguo blog hace exáctamente un año, a finales de mayo. Hoy me he acordado de ella y de todo lo que supuso, y me gusta publicarla de nuevo. Ahí va, en dos partes.

—————————————
 

Siempre he creído en la suerte. Bueno, más que en la suerte en el azar: en estar en el momento adecuado, en el lugar adecuado y elegir la opción adecuada. De hecho, así empecé por ejemplo a trabajar en el centro de salud de iturrama (me ofrecieron mi primer contrato a las 4 de la madrugada en fiestas de san adrián) o en urgencias (nunca, nunca, nunca me llevaba el móvil a enseyar, excepto esa mañana). Y así podría decir más.

Pero claro, a la suerte (decían unos que se habían forrado con un libro de autoayuda) había que buscarla y nunca despreciarla; ejemplo, no recoger una monedita de 2 céntimos del suelo era un signo de no “necesitar” ningún tipo de “fortuna”, así que uno, por si acaso, siempre las ha tratado como a pequeños polluelos decarriados y siempre las llevaba consigo hasta que ellas solas abandonaban el nido (dícese bolsillo de la chaqueta, cartera…) Por si acaso.

Pero nunca me puedo quejar; el por si acaso me funciona. Ahora bien, hay situaciones en los que más el azar, creo en la probabilidad. Una de ellas es la lotería. ¿Cómo puede ser que te toque? (Vale, este año le ha tocado El Gordo a una conocida). Pero, ¡es que de entre más de 65.000 bolas solo le va a tocar a una! Pero uno va y compra un décimo. Sabes al 99% de probabilidades que no le va a tocar (la probabilidad real de que te toque es de 0’0015%, ahí es nada). Pero compra el décimo porque tiene ilusión, y aunque suene a tonto “de ilusión también se vive”.

 

Plaza_Castillo_Pamplona-1 

Bueno, todo esto es para centrar un poco lo que me ha pasado hoy: Había quedado con una persona. Una persona que había conocido y que decidimos volver a vernos; a la vieja usanza, sin teléfono móvil ni nada por el estilo. Sólo el dónde y el cuándo de la cita lo sabríamos nosotros. Si yo llegaba tarde no habría modo de avisarle, si la otra persona cambiaba de planes no habría modo de aplazarla. (Hace 15 años -y menos- cuando no había móviles, la gente debía quedar así). Sabía al 99% de probabilidadesque no me iba a tocar la lotería, que no acudiría. Pero para saberlo, tenía que estar ahí. ¿Y si viene? Es más, ¿y si viene y yo no he ido? Y llegué. Alrededor de la estatua había gente paseando, con sus niños, abuelos charlando… Pero ni rastro de mi cita. Llegué y esperé. ¿Cuánto se tiene que esperar? ¿Cuánto esperaría? Pronto se acerca una chica joven a la misma estatua que yo rondaba. Mira a un lado, mira a otro. Me sonríe. Yo no soy al que espera. Saca el móvil y trata de marcar un número. (Esta chica no tiene paciencia!!! Si acaban de dar las 7!!!) Llega un chico y la agarra por la espalda. Es él. Yo sigo esperando. Miro las caras de la gente que cruza la plaza, apenas recuerdo la suya. Sólo su voz, sólo su acento, su sonrisa, su risa. Podría reconocer su risa aunque pasara un año completo, con sus días y sus noches. Y sigo esperando. No desespero. Si viene bien, y si no… salud!! que es lo que suelen decir tras la lotería. Empiezo a elucubrar sobre por qué no habrá aparecido: ¿se habrá acordado? ¿no habrá querido? ¿no habrá podido? Sea cuál fuera la excusa no había forma de avisarme. El sol se va metiendo y su luz naranja ya no ilumina la plaza, se arrincona en unas pocas fachadas. La estatua parece mirarme y mandarme a casa “ya has esperado bastante”. Quizá sea ella quién le vea esperar luego, o mañana, o nunca lo vea. Quizá luego vaya esperando que yo esté esperando. Quizá. Me fijo en que alguien se ha olvidado algo sobre los pies de la estatua. Lo cojo. Lo guardo. Es un amuleto. ¿A la suerte no había que buscarla? Saco un rotulador de mi bolso y con el permiso de Carlos III escribo en el granito de su peana: “Te esperé”.

 Hechos reales edulcorados un poquito

(A Dani, por leerme. Ves, yo ligué, pero ahí se quedó todo)

110.- Monólogo en un coche.

Posted on Actualizado enn

un conejo sin orejas

NOCHE.  –  EXTERIOR.

INTERIOR DE UN COCHE.

BAJO LA LUZ DE UNA FAROLA

 

CARLOS:

Te invitaría a subir a mi casa.

Te invitaría a una cerveza, dejé una caja en la nevera.

Te diría que te quedaras a dormir conmigo;

que follemos o no eso ya se vería.

Me da igual, con un poco de cariño me basta.

Te diría todo eso, pero sé que vas a decir que no.

Y es más, creo que prefiero que digas que no.

 

CARLOS BAJA DEL COCHE Y ENTRA EN SU CASA.