relato

40.- Princesas, ranas y celestinas (1)

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rana

La culpa era de nuestra amiga Clara, actriz de teatro con dotes y afición de Celestina, que nos había metido en la embolada de conocernos.

A mí me la vendió como una amiga que nunca había tenido suerte con los chicos, un poco tímida y en una edad algo dicífil, los casicuarenta. Me imagino que a mí me habría ofertado como el buenazo divorciado cornudo que era, con cuarenta y pocos y muchas ganas de rehacer mi vida.

Ella trabajaba en un centro cultural, yo en las oficinas de una multinacional. Ella se moría por el chocolate con churros, y yo por pasear por la sierra los domingos con el perro. Ella estaba dejando de creer en las ranas que escondían príncipes azules, y yo empezaba a buscar a mi princesa. Y entre los dos algo en común, además de a Clara, nuestra pasión por el cine clásico.

Clara, la chica pelirroja que había sido compañera de pupitre en el instituto, fue la que decidió que estábamos hechos el uno para la otra, y comenzó a tejer, más al estilo de una araña que al de Cupido, la red en la que el escarabajo cornudo (es decir, yo) y la frágil mariposa (es decir, ella) caeríamos atrapados para bien y para mal.

39.- El Coleccionista de Alas

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Relato cedido por I.L.

Solía pasear por la alameda justo antes del anochecer, cuando las golondrinas salen a buscar la cena de sus polluelos. Portaba en una mugrienta mochila una linterna, varios pedazos de pan seco, y una pequeña red de pescador que había encontrado en un contenedor, entre otras cosas. Caminaba despacio, evitando hacer ruidos innecesarios, deslizándose furtivo entre los troncos, con la vista siempre puesta en las sombras de los pájaros que volaban por encima de él.

Cuando se cansaba de oir sus trinos, tendía meticulosamente la trampa, siempre en el mismo lugar; un pequeño claro en el que la lluvia solía crear charcos que servían de bañera o bebedero para las aves. Esparcía migajas de pan, y dejaba la linterna a dos pasos y medio encendida iluminandolas, por si se hacía de noche. Disponía la red enganchada en dos pequeños palos a modo de portería de futbol, y la anudaba con un cordón verde que extendía por la hierba hasta el lugar donde se ocultaba. Se acomodaba con la vista perdida y el pulso acelerado, esperando.

Siempre pasaba. Alguna de las aves más jóvenes, o quizás aquella que no se había llevado nunca un susto en garras de cualquier animal salvaje, se acercaba y picoteaba las migas. Entonces su pulso se aceleraba bruscamente, y crispaba levemente los dedos de la mano derecha, mientras con la izquierda daba un tirón brusco al cordel, que atrapaba la vida de la golondrina inexorablemente.

Jadeante, se levantaba y corría dando traspiés hasta su presa. Se quedaba unos minutos contemplandola convulsionarse dentro de la red, con el aliento contenido ante la posibilidad de que el pequeño ser consiguiera finalmente librarse de su cautiverio. Sin embargo, poco a poco las fuerzas la abandonaban, y finalmente se quedaba muy quieta, como si fuera de granito,  con los ojos abiertos de terror.

Y entonces, cuando la esperanza había abandonado la voluntad, sacaba un bisturí oxidado, y con cuidado cortaba las alas en silencio. No había ruido alguno en aquel momento del ritual para él. Después recogía los efectos, y volvía a casa dejando el agua del charco mezclarse con sangre.  

Saludaba a su mujer, besaba a sus hijas, y se dirigía al garaje alegando algo que hacer en el coche, para bañar las nuevas alas en barniz y dejarlas secar.

A los días, las pegaría en la espalda de la nueva muñeca de su hija pequeña, y seguiría regalandole hadas que hicieran más mágico este mundo para ella.

FIN

el coleccionista de alas